Para empezar, debo decir que tuve la fortuna de una biblioteca en mi casa desde niño. Desde que tengo memoria un bife construido por mi papá guardaba seis hileras de libros que podía yo tomar cada vez que lo quisiera, como si fuera algo que estuviera ahí con el único objetivo de ser robado.
Allí estaban Los viajes de Gulliver en una edición gigante con dibujos. También las historias de hadas y gnomos que vivían en árboles, en medio del bosque de los hermanos Grimm, más una explicación del cuerpo humano que me encantaba porque el sistema circulatorio era una superautopista llena de carros rojos, azules y blancos. Sin embargo, esas primeras páginas devoradas por mí no eran otra cosa que un placer visual por los dibujos que acompañaban las palabras. Hoy no podría recordar qué venas comunican con mi corazón, a pesar de que el libro del sistema circulatorio era uno de mis favoritos, y si conozco las aventuras de Gulliver no es porque lo viera en un dibujo jalando una flotilla a tamaño escala de barcos enemigos, sino porque leí el libro hace unos pocos años. Esas primeras hojas en mi hogar eran principalmente lecturas de color y formas.
Mi primer encuentro real con una historia sucedió en la escuela, gracias al azar. Los primeros recuerdos que tengo, en su mayoría, vienen precisamente de ese lugar llamado escuela: Un patio deforme en el que solíamos inventar una cancha de fútbol, el horrible olor de cientos de loncheras abiertas en el descanso, y mi primer amor no conseguido llamado Leyla forman parte de ese rompecabezas de imágenes que continúan en mi cabeza. Como una pieza importante de este juego de la memoria, aparece también la biblioteca de la escuela; era un cuarto en el patio (cuando se transformaba en cancha de fútbol era parte de uno de los arcos), con una puerta de madera pintada de verde policía y sin muchas cosas en su interior aparte de pinceles, vinilos y libros que nadie leía.
Entre esos libros encontré una historia que sería también mi primera imagen del terror. Hay un hombre y una mujer, recién casados. Deberían ser felices, pero no es así; algo le sucede a la mujer, quien parece estar tan enferma que no puede levantarse de la cama. Al final, y por más que el esposo rogara a los médicos, su esposa muere. Sólo cuando la mujer ha sido sepultada, el esposo encontró algo extraño; en la cama en la que su esposa intentaba recuperarse día tras día para seguir viviendo, su esposo halló gotas de sangre en el almohadón. En su interior, entre cientos de plumas de ave, varias criaturas diminutas pero gordas de sangre, se agitaban con los rastros de vida que ya no tenía su esposa.
La historia de El almohadón de plumas fue un misterio que me acompañó desde esa incursión lejana, en mi infancia, hasta el día que en un taller de literatura alguien leyera el cuento. No recordaba quién era Horacio Quiroga, pero esa vez, por allá en el 2004, unos amigos me lo volverían a presentar con la misma historia con la que nos conocimos y, como los buenos amigos, fue el responsable de un vicio que hoy disfruto más que nunca.