La conocí después del último
partido de la selección en un mundial. Ese día papá consiguió dos entradas para
ver el partido en un teatro, en pantalla gigante. Si ganábamos estaríamos en la
siguiente ronda; entre empatar y perder la diferencia radicaba solamente en la
diferencia de goles. Me gusta recordarme a mí mismo caminando por la calle
agarrado de la mano de papá. Yo estaba feliz y cada vez que lo miraba parecía
que él también lo estaba. Cuando nos sentamos en nuestros puestos ya habían
apagado la luz y tropecé algunas veces, pero aun así papá no se molestó.
En los himnos la selección de
Inglaterra se veía enorme en comparación a la nuestra, que asemejaba más a un
conjunto de imitadores de un equipo de fútbol. Y a pesar de esto, el principio
del partido parecía prometer la victoria. “Vamos a ganar”, me dijo papá esperanzado
a los ojos. Nunca antes lo había visto así conmigo y por eso también creí que
ganaríamos. Incluso cuando al final del primer tiempo un tiro libro terminó al
interior de nuestro arco y todos adentro del teatro se callaron, seguí creyendo
que podríamos ganar. En el descanso encendieron las luces y papá me dijo que
saliéramos a tomar. Lo dijo así, “vamos por unas cervezas”, como si tuviéramos
la misma edad y fuéramos amigos. Una vez afuera él pidió una gaseosa y dos
cervezas, las cuales tomó una inmediatamente después de la otra.
Del segundo tiempo sólo puedo
recordar otro gol y al número uno de nuestro equipo llorando y siendo consolado
por el bando enemigo. Papá le dijo maricón y no volvió a hablar conmigo por el resto
del día. Le pregunté si habría otro partido pero lo único que hizo fue guardar
silencio y seguir conduciendo por unas calles que yo no nunca antes había visto
en mi vida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario