domingo, 19 de febrero de 2012

LEA

SI ELLA LO HACE, ¿POR QUÉ USTED NO?






















domingo, 12 de febrero de 2012

Del día que conocí a Poe

Después de El almohadón de plumas sucedió lo que era de esperarse en un niño: todo se convirtió en  televisión y fútbol en la cancha del barrio. Aunque nunca dejaron de ser ojeados, especialmente las enciclopedias, los libros pasaron a ser nada más que la biblioteca de mi mamá; fueron varios años de amigos, intentos fallidos de novia, sudor junto a victorias y derrotas interbarriales, y clases que me llevaron de la primaria al bachillerato teniendo como única diferencia el uniforme y el rostro de mis nuevos compañeros de clase.
Afortunadamente, cuando al fin logré enamorar momentáneamente a una niña del colegio vecino al mío, encontré una librería que sería la responsable de mi primer libro. Yo salía unos minutos antes que ella, por lo tanto debía esperarla y la verdad, no soportaba esperar a mi novia rodeado de otros muchachos de mi colegio que hacían lo mismo. El primer paso fue sólo un intento por matar el tiempo, nada más; afortunadamente ese paso llevó a otro y así hasta un camino que no se ha detenido.
Entré a la librería. Quería esconderme y había encontrado el lugar perfecto. Era como el niño de La historia interminable y al igual que él, un libro apareció y me llevó, obligándome a comprarlo. Era el libro de Las narraciones extraordinarias, de Edgar Allan Poe.
Fue la primera vez que sentí ese impulso por tener un libro, porque fuera mío y pudiera leerlo cuando quisiera, así que lo compré. No pensé en mi novia y el helado que debía invitarle antes de llevarla hasta su casa, saqué el dinero que tenía y guardé la edición pirata de los cuentos completos de Monsieur Poe.
Fue con sus cuentos, sin importar la calidad de las hojas e incluso de la traducción, quienes transformaron el aburrimiento de la lectura en un habito de páginas y tinta. El gato negro, El barril del amontillado, El pozo y el péndulo, El corazón delator y La caída de la casa Usher fueron leídos en tan sólo unos días, y la librería donde conocí a Poe pasó a ser un refugio habitual en mi vida, hasta que desapareció convertida en un centro comercial de un piso. Al poco tiempo de terminar el libro mi novia me dejó. Los primeros días fueron dolorosos, como si en realidad nos hubieramos amado, pero a los poco meses la olvidé; en cambio a mi amigo Poe lo busco y lo leo cada vez que puedo, incluso lo recuerdo siempre que bebo y termino hablando de literatura.

domingo, 5 de febrero de 2012

Leer es escribir el mundo

Tal vez la mejor, o al menos la más efectiva forma de hacer que un estudiante, especialmente el estudiante mal lector, vea la lectura como un elemento propio e importante en su desarrollo como individuo, es un primer contacto con una literatura lo más cerca posible a su realidad. Digamos que en un colegio de periferia empiezas con la lectura del Gran Gatsby, de Scott Fitzgerald, que tiene personajes que son millonarios de Nueva York (y ojo, esa novela está en mi lista de libros que releeré siempre). El resultado más seguro será el de la indiferencia casi total. Esto no es porque el estudiante no quiera saber cómo vive y ama un millonario de Nueva York, lo que sucede es que existe la T.V. y allí esas historias, completamente extrañas a estos jóvenes, abundan. En cambio una novela donde los personajes son muchachos de un colegio, que insultan y hablan mal, que se burlan de la autoridad cada vez que pueden, les está diciendo al mismo tiempo que su entorno es literatura y que ellos mismos pueden contarla.
El mejor ejemplo de esto en lo nacional es sin duda Andrés Caicedo. Imagino que fue por pensar en algo parecido que en algún momento de nuestra historia reciente los profesores de colegio decidieron leer la obra de Caicedo en sus clases. Sin duda el terror de Los destinitos fatales y la Cali de tropel y noche desenfrenada de su obra hizo lectores a muchos en el colegio (mi primera edición de Calicalabozo fue, para alegría propia, robada por una alumna de sexto grado). 
Esto me recuerda la anécdota de un amigo que viajó a España con un grupo de estudiantes de una zona marginal de la ciudad. Ellos viajaron a Europa por un proyecto de periodismo que realizaron en el Café Madrid, hace un año o dos; me cuenta mi amigo que cuando estaban en el Hotel (uno mucho más lujoso que cualquiera de Bucaramanga) cuando les sirvieron la comida uno de los muchachos olió los platos y grito que no comieran nada porque el queso estaba podrido. Era un queso roquefort, de lo más caro del mundo, pero para estos niños ese queso y el caviar y cuanta comida costosa y elegante había en la mesa no eran otra cosa que sustancias viscosas y extrañas.