Tal vez la mejor, o al menos la más efectiva forma de hacer que un estudiante, especialmente el estudiante mal lector, vea la lectura como un elemento propio e importante en su desarrollo como individuo, es un primer contacto con una literatura lo más cerca posible a su realidad. Digamos que en un colegio de periferia empiezas con la lectura del Gran Gatsby, de Scott Fitzgerald, que tiene personajes que son millonarios de Nueva York (y ojo, esa novela está en mi lista de libros que releeré siempre). El resultado más seguro será el de la indiferencia casi total. Esto no es porque el estudiante no quiera saber cómo vive y ama un millonario de Nueva York, lo que sucede es que existe la T.V. y allí esas historias, completamente extrañas a estos jóvenes, abundan. En cambio una novela donde los personajes son muchachos de un colegio, que insultan y hablan mal, que se burlan de la autoridad cada vez que pueden, les está diciendo al mismo tiempo que su entorno es literatura y que ellos mismos pueden contarla.
El mejor ejemplo de esto en lo nacional es sin duda Andrés Caicedo. Imagino que fue por pensar en algo parecido que en algún momento de nuestra historia reciente los profesores de colegio decidieron leer la obra de Caicedo en sus clases. Sin duda el terror de Los destinitos fatales y la Cali de tropel y noche desenfrenada de su obra hizo lectores a muchos en el colegio (mi primera edición de Calicalabozo fue, para alegría propia, robada por una alumna de sexto grado).
Esto me recuerda la anécdota de un amigo que viajó a España con un grupo de estudiantes de una zona marginal de la ciudad. Ellos viajaron a Europa por un proyecto de periodismo que realizaron en el Café Madrid, hace un año o dos; me cuenta mi amigo que cuando estaban en el Hotel (uno mucho más lujoso que cualquiera de Bucaramanga) cuando les sirvieron la comida uno de los muchachos olió los platos y grito que no comieran nada porque el queso estaba podrido. Era un queso roquefort, de lo más caro del mundo, pero para estos niños ese queso y el caviar y cuanta comida costosa y elegante había en la mesa no eran otra cosa que sustancias viscosas y extrañas.
Esto me recuerda la anécdota de un amigo que viajó a España con un grupo de estudiantes de una zona marginal de la ciudad. Ellos viajaron a Europa por un proyecto de periodismo que realizaron en el Café Madrid, hace un año o dos; me cuenta mi amigo que cuando estaban en el Hotel (uno mucho más lujoso que cualquiera de Bucaramanga) cuando les sirvieron la comida uno de los muchachos olió los platos y grito que no comieran nada porque el queso estaba podrido. Era un queso roquefort, de lo más caro del mundo, pero para estos niños ese queso y el caviar y cuanta comida costosa y elegante había en la mesa no eran otra cosa que sustancias viscosas y extrañas.
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