lunes, 27 de agosto de 2012

Crónica de una tarde de cometas sin vuelo



La costeña dijo "Sí" y yo me alegré de tener alguien con quien hacer una cometa. Teníamos una idea que parecía original, o al menos una cometa diferente a las que veo volar desde niño, y las costeña y yo le contamos a Sandra y ella quiso unirse. En poco tiempo el miedo al fracaso (porque jamás había intentado hacer una cometa) se transformó en un equipo que haría lo posible por ver un trabajo de clase elevarse sobre el suelo por efecto del viento. 

Leímos las instrucciones para hacer un "moco" (cometa que recuerda más a un paracaídas) y rápidamente descubrimos que no sabíamos cuáles eran las diferencias entre un tipo de hilo con otro, y tampoco teníamos idea si la "tela de paraguas" se podía conseguir sin la necesidad de destruir el paraguas de la casa. Anotamos todo en un papel y con eso en la mano casi caminamos hasta el centro en busca de todo. Digo que "casi caminamos" porque era esa la intención, pero el sol de las once de la mañana y una cuadra de caminata fue suficiente para cambiar de idea. 
En el centro caminamos (aquí sí que caminamos) en busca de hilos y telas para cometa. De un almacén nos dirigían a otro, y en cada uno de ellos la lista que teníamos eran palabras que jamás habían sido usadas por los vendedores. Sin más remedio que continuar a pesar de la lista de herramientas desconocidas, decidimos probar fortuna y cambiar una cuerda por otra que nos pareciera, a ojo de experto (cosa que no somos), la cuerda que decía en las instrucciones para armar la cometa.  
Volvimos a la universidad en busca de sombra y aire para trabajar en la cometa. Cortamos la tela y luego, por turnos, cocimos donde decía que había que coser. Lo hicimos a mano y mal y bastante lentos. Confiamos en la Csoteña porque dijo que vivía sola desde los dieciséis y por lo tanto algo que sabía hacer era coser. La miramos trabajar y rápidamente comprendimos que la Costeña mentía. Seguramente vive sola desde los dieciséis años, pero algo que seguro no sabía hacer era coser. Así que el siguiente en intentarlo fui yo; con la primera puntada recordé una tortuga de tela hecha de niño, en la escuela. La primera mitad de la tortuga, la que hice, podría ser cualquier monstruo marino con piel de tela antes de una tortuga. Después, cuando mamá decidió terminar mi tarea, la tortuga apareció y yo logré una carita feliz en el cuaderno de artes y manualidades de la escuela.
Desde esos días con la tortuga de tela hasta hoy, con la cometa, no había intentado coser nada. El resultado: una línea de hilo digan de ser llamada un Ziz zag blanco. Me reemplazó Sandra, y ella prefirió llevarse la tela, y el hilo y la aguja a la casa, y aun hoy la Costeña y yo nos preguntamos si realmente ella cosió el resto. Yo diría que sí, pero al otro día vimos un resultado tan recto, en forma de línea, que imagino a la mamá de Sandra igual que mi mamá, diciendo "Yo lo hago mijo" y tomando mi trabajo por suyo. 
Pero al otro día, el mismo en que debería volar, la cometa no estaba lista. Ya mostraba fragmentos de cuerda que se escondían en el naranaja del moco. Sin embargo, la otra mitad, la que debería unirnos a la cometa cuando estuviera en el aire, no estaba hecha. Dos tubos de pvc cortados en los talleres de la universidad -un nuevo espacio descubierto gracias a la necesidad- y ocho metros de cuerda, la misma que usamos para coser. Aquí ya sabíamos que las cosas estaban mal, que debíamos usar otro material pero nadie sabía cuál era, así que lo hicimos así, fuera de las instrucciones.





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