Y los miedos de Poe me ligaron a la música. Tenía catorce años cuando el rock apareció en formato de casette en mi vida. La canción favorita, sin yo saberlo hasta varios años después, era precisamente un homenaje a una novela de uno de los que se convertiría en un Dios de tinta en mi presente como lector. Metallica cantaba For whon the bell tolls y mis amigos y yo nos dejamos crecer el cabello para ser lo más parecidos posibles a James Hetfield. Al ritmo de una batería, guitarras eléctricas y una campana avisando la guerra dejé los libros.
Solo pensaba en ser músico. Tener una banda y al mismo ritmo del rock que oía todos los días, viajar por el mundo en una gira de conciertos exitosos. Pasé de la guitarra invisible magistralmente tocada en las noches de trago barato (porque eramos niños y a esa edad solo se puede beber vino Moscatel y fumar cigarrillos Boston), a tomar la guitarra de mi papá e imitar las canciones que tarareaba de memoria. Y por un tiempo la cosa parecía prometer. Practicaba siempre que podía hacerlo, hasta que al fin alguien apareció y preguntó "¿Quieres tocar con nosotros?".
Quería tocar heavy metal pero ni ellos ni yo eramos tan buenos. Eramos cuatro tontos deseando ser una banda, así que lo mejor que pudimos hacer fue tocar grunge. Hacíamos covers de Nirvana que solo a nosotros nos parecía sonar bien. Después de unos meses creímos estar listos y aceptamos tocar junto con otras bandas. Piedecuesta era un pueblo pequeño donde se oía vallenato, cumbía y chispún, pero por alguna razón diez bandas muy malas se reunieron para tocar sobre el techo de una casa a una cuadra de la estación de policía. Había gente al frente, esperando la música, y nosotros al fin tocamos y juro que fuimos lo peor de la noche. El sueño del rock murió.
Después de esa noche dejé la guitarra eléctrica abandonada en un rincón del cuarto, esperando por alguien más. Tenía algo roto dentro de mí y decidí curarlo con música, una canción tras otra por todo el día, por varios días. Cada tarde, después de clases, iba por música a una librería de viejo, a una cuadra del parque (en esos días todo parecía estar a una cuadra de distancia), donde un tipo intentando tener apariencia malvada vendía música pirata. Era la misma librería donde conocí a Poe. Era enorme y con libros viejos en escaparates y en el suelo. Esos libros me veían a mí y yo a ellos, pero solo hasta después del fallido intento de música, pensé que allí encontraría algo que buscaba aun sin saberlo. Quería porque había libros en mi casa de niño, pero también deseaba leerlos porque los músicos, así sean frustrados, sueles leer poesía o cosas así. En mi caso también mis amigos músicos leían (no todos, pero varios sí), y yo, por ser el menor, respetaba lo que leían. "Si no es la música serán los libros", debí decir cuando tomé en mis manos un libro que decía La Comedia Humana. Leí las historias que el libro (una edición roja de pasta dura) traía adentro y llegué a creer que Balzac era el mejor escritor del mundo. Ya no lo creo así, pero aún hoy recuerdo la historia de un general de Napoleón que sobrevive a la guerra con Rusia, pero prefiere parecer por muerto antes de volver con su esposa. Después de la comedia de Balzac volví a la librería pensando esta vez en más libros. El vendedor de música siguió allí siempre, incluso cuando cambió el rock por Cristo, y las ventas de discos por ventas de OmniLife; la librería, gigante y sucia como el desierto lentamente desapareció. Por suerte para mí, la música me llevó a los libros, dejándome en un lugar mágico que por varios años alcancé a robar.
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