domingo, 30 de septiembre de 2012

jueves, 13 de septiembre de 2012

lunes, 27 de agosto de 2012

Crónica de una tarde de cometas sin vuelo



La costeña dijo "Sí" y yo me alegré de tener alguien con quien hacer una cometa. Teníamos una idea que parecía original, o al menos una cometa diferente a las que veo volar desde niño, y las costeña y yo le contamos a Sandra y ella quiso unirse. En poco tiempo el miedo al fracaso (porque jamás había intentado hacer una cometa) se transformó en un equipo que haría lo posible por ver un trabajo de clase elevarse sobre el suelo por efecto del viento. 

Leímos las instrucciones para hacer un "moco" (cometa que recuerda más a un paracaídas) y rápidamente descubrimos que no sabíamos cuáles eran las diferencias entre un tipo de hilo con otro, y tampoco teníamos idea si la "tela de paraguas" se podía conseguir sin la necesidad de destruir el paraguas de la casa. Anotamos todo en un papel y con eso en la mano casi caminamos hasta el centro en busca de todo. Digo que "casi caminamos" porque era esa la intención, pero el sol de las once de la mañana y una cuadra de caminata fue suficiente para cambiar de idea. 
En el centro caminamos (aquí sí que caminamos) en busca de hilos y telas para cometa. De un almacén nos dirigían a otro, y en cada uno de ellos la lista que teníamos eran palabras que jamás habían sido usadas por los vendedores. Sin más remedio que continuar a pesar de la lista de herramientas desconocidas, decidimos probar fortuna y cambiar una cuerda por otra que nos pareciera, a ojo de experto (cosa que no somos), la cuerda que decía en las instrucciones para armar la cometa.  
Volvimos a la universidad en busca de sombra y aire para trabajar en la cometa. Cortamos la tela y luego, por turnos, cocimos donde decía que había que coser. Lo hicimos a mano y mal y bastante lentos. Confiamos en la Csoteña porque dijo que vivía sola desde los dieciséis y por lo tanto algo que sabía hacer era coser. La miramos trabajar y rápidamente comprendimos que la Costeña mentía. Seguramente vive sola desde los dieciséis años, pero algo que seguro no sabía hacer era coser. Así que el siguiente en intentarlo fui yo; con la primera puntada recordé una tortuga de tela hecha de niño, en la escuela. La primera mitad de la tortuga, la que hice, podría ser cualquier monstruo marino con piel de tela antes de una tortuga. Después, cuando mamá decidió terminar mi tarea, la tortuga apareció y yo logré una carita feliz en el cuaderno de artes y manualidades de la escuela.
Desde esos días con la tortuga de tela hasta hoy, con la cometa, no había intentado coser nada. El resultado: una línea de hilo digan de ser llamada un Ziz zag blanco. Me reemplazó Sandra, y ella prefirió llevarse la tela, y el hilo y la aguja a la casa, y aun hoy la Costeña y yo nos preguntamos si realmente ella cosió el resto. Yo diría que sí, pero al otro día vimos un resultado tan recto, en forma de línea, que imagino a la mamá de Sandra igual que mi mamá, diciendo "Yo lo hago mijo" y tomando mi trabajo por suyo. 
Pero al otro día, el mismo en que debería volar, la cometa no estaba lista. Ya mostraba fragmentos de cuerda que se escondían en el naranaja del moco. Sin embargo, la otra mitad, la que debería unirnos a la cometa cuando estuviera en el aire, no estaba hecha. Dos tubos de pvc cortados en los talleres de la universidad -un nuevo espacio descubierto gracias a la necesidad- y ocho metros de cuerda, la misma que usamos para coser. Aquí ya sabíamos que las cosas estaban mal, que debíamos usar otro material pero nadie sabía cuál era, así que lo hicimos así, fuera de las instrucciones.





Y la literatura se fue, pero también regresó.




Y los miedos de Poe me ligaron a la música. Tenía catorce años cuando el rock apareció en formato de casette en mi vida. La canción favorita, sin yo saberlo hasta varios años después, era precisamente un homenaje a una novela de uno de los que se convertiría en un Dios de tinta en mi presente como lector. Metallica cantaba For whon the bell tolls y mis amigos y yo nos dejamos crecer el cabello para ser lo más parecidos posibles a James Hetfield. Al ritmo de una batería, guitarras eléctricas y una campana avisando la guerra dejé los libros.
Solo pensaba en ser músico. Tener una banda y al mismo ritmo del rock que oía todos los días, viajar por el mundo en una gira de conciertos exitosos. Pasé de la guitarra invisible magistralmente tocada en las noches de trago barato (porque eramos niños y a esa edad solo se puede beber vino Moscatel y fumar cigarrillos Boston), a tomar la guitarra de mi papá e imitar las canciones que tarareaba de memoria. Y por un tiempo la cosa parecía prometer. Practicaba siempre que podía hacerlo, hasta que al fin alguien apareció y preguntó "¿Quieres tocar con nosotros?".
Quería tocar heavy metal pero ni ellos ni yo eramos tan buenos. Eramos cuatro tontos deseando ser una banda, así que lo mejor que pudimos hacer fue tocar grunge. Hacíamos covers de Nirvana que solo a nosotros nos parecía sonar bien. Después de unos meses creímos estar listos y aceptamos tocar junto con otras bandas. Piedecuesta era un pueblo pequeño donde se oía vallenato, cumbía y chispún, pero por alguna razón diez bandas muy malas se reunieron para tocar sobre el techo de una casa a una cuadra de la estación de policía. Había gente al frente, esperando la música, y nosotros al fin tocamos y juro que fuimos lo peor de la noche. El sueño del rock murió.
Después de esa noche dejé la guitarra eléctrica abandonada en un rincón del cuarto, esperando por alguien más. Tenía algo roto dentro de mí y decidí curarlo con música, una canción tras otra por todo el día, por varios días. Cada tarde, después de clases, iba por música a una librería de viejo, a una cuadra del parque (en esos días todo parecía estar a una cuadra de distancia), donde un tipo intentando tener apariencia malvada vendía música pirata. Era la misma librería donde conocí a Poe. Era enorme y con libros viejos en escaparates y en el suelo. Esos libros me veían a mí y yo a ellos, pero solo hasta después del fallido intento de música, pensé que allí encontraría algo que buscaba aun sin saberlo. Quería porque había libros en mi casa de niño, pero también deseaba leerlos porque los músicos, así sean frustrados, sueles leer poesía o cosas así. En mi caso también mis amigos músicos leían (no todos, pero varios sí), y yo, por ser el menor, respetaba lo que leían. "Si no es la música serán los libros", debí decir cuando tomé en mis manos un libro que decía La Comedia Humana. Leí las historias que el libro (una edición roja de pasta dura) traía adentro y llegué a creer que Balzac era el mejor escritor del mundo. Ya no lo creo así, pero aún hoy recuerdo la historia de un general de Napoleón que sobrevive a la guerra con Rusia, pero prefiere parecer por muerto antes de volver con su esposa. Después de la comedia de Balzac volví a la librería pensando esta vez en más libros. El vendedor de música siguió allí siempre, incluso cuando cambió el rock por Cristo, y las ventas de discos por ventas de OmniLife; la librería, gigante y sucia como el desierto lentamente desapareció. Por suerte para mí, la música me llevó a los libros, dejándome en un lugar mágico que por varios años alcancé a robar.




miércoles, 18 de julio de 2012

Diseño cometa


Foto del moco

Moco MK2

Nilo Vélez

El moco es posiblemente la más sencilla de las cometas de cuatro hilos. Sólo es un trozo de tela con hilos, pero es muy muy divertida de volar. Los materiales son baratos y se construye en media hora.
Es una cometa muy maja para enseñarle a un novato lo básico del vuelo de cuatro hilos pero no quiero quejas si os volvéis adictos a ella y os hacéis una docena.
1 mtela de paraguas (nylon impermeable 1,60 ancho)
16 mhilo de bridas (poliéster 45 Kg)
0,5 mcordino (cordel de poliamida 3mm)

Patron del mocoLa Vela

Figura 1. pieza de tela de 150x100cm
(con algo de margen)
La vela no puede ser más simple. Marcamos en la tela un rectángulo de 150x100cm, dejando un par de centímetros para el dobladillo. En ese rectángulo marcamos dos líneas que lo partan en tres partes iguales. Marcamos los lados cortos y las líneas dividiéndolas otra vez en tres (figura 1).


Detalle del moco
Figura 2. Detalle de las costuras
Hecho esto, cosemos un dobladillo alrededor de toda la tela y ya sólo nos queda coser una pinza de 1 cm en cada una de la líneas (figura 2)
Cada pinza se hace doblando la tela por la línea y cosiendo a 1 cm del doblez. Se abre la tela, se pliega la pestaña que nos ha quedado, y se cose. (segundo detalle de la figura 2)







Bridas del moco

Las Bridas

Figura 3. La brida del moco, con sus medidas
La brida del moco la forman cuatro grupos de cuatro hilos (figura 3).
Esta es la mejor forma de montarla:
1.- Hacemos una gaza en el extremo del hilo de brida.

2.- Cortamos el trozo de hilo (medidas en la figura 3).

3.- Lo "cosemos" en su sitio usando una aguja para lana.

4.- Atamos las bridas de 4 en 4 a un trozo de cordino.

Mandos

Para esta cometa se suelen usar mandos tipo revolution, te los puedes hacer tú mismo doblando dos tubos de PVC de 30cm (los tubos de 20mm que se usan en fontanería son perfectos.
Necesitarás:
  • 50 cm de tubo de PVC de 20mm de diámetro (tubo de cañería)
  • 4 tapones (opcional). Los encontarás donde compres el tubo.
  • 2 m de cordino de 3mm (mejor dos trozos de diferentes colores para diferenciar los mandos)
La construcción es muy sencilla. Corta el tubo de PCV en dos piezas de 25 cm. Hazles un agujero a 2cm de los extremos con un soldador o un clavo caliente.
Ten cuidado, en un mismo tubo los agujeros deben apuntar en la misma dirección.



Materiales para los mandos del Moco



Pasa el cordino por los agujeros desde dentro, haciéndole dos nudos para que no se mueva así:



Mandos completos para el moco.
Ya solo te queda hacerle nudos a 5 cm de distancia en las puntas que salen de los mandos.


Líneas

Esta cometa se vuela mejor con hilos cortos. Yo uso cuatro hilos de poliéster de 10m, de 25 Kg de resistencia.
Corta cuatro líneas iguales, de unos diez metros de largo. Cada una va atada a un cordino de un mando y a un nudo de los que hicimos al reunir las bridas de cuatro en cuatro.
Al teminar queda algo así:

¡Ya está lista! sólo te queda aprender cómo volar un moco

miércoles, 20 de junio de 2012

lunes, 11 de junio de 2012

Leve biografía de un personaje desconocido


La conocí después del último partido de la selección en un mundial. Ese día papá consiguió dos entradas para ver el partido en un teatro, en pantalla gigante. Si ganábamos estaríamos en la siguiente ronda; entre empatar y perder la diferencia radicaba solamente en la diferencia de goles. Me gusta recordarme a mí mismo caminando por la calle agarrado de la mano de papá. Yo estaba feliz y cada vez que lo miraba parecía que él también lo estaba. Cuando nos sentamos en nuestros puestos ya habían apagado la luz y tropecé algunas veces, pero aun así papá no se molestó.
En los himnos la selección de Inglaterra se veía enorme en comparación a la nuestra, que asemejaba más a un conjunto de imitadores de un equipo de fútbol. Y a pesar de esto, el principio del partido parecía prometer la victoria. “Vamos a ganar”, me dijo papá esperanzado a los ojos. Nunca antes lo había visto así conmigo y por eso también creí que ganaríamos. Incluso cuando al final del primer tiempo un tiro libro terminó al interior de nuestro arco y todos adentro del teatro se callaron, seguí creyendo que podríamos ganar. En el descanso encendieron las luces y papá me dijo que saliéramos a tomar. Lo dijo así, “vamos por unas cervezas”, como si tuviéramos la misma edad y fuéramos amigos. Una vez afuera él pidió una gaseosa y dos cervezas, las cuales tomó una inmediatamente después de la otra.
Del segundo tiempo sólo puedo recordar otro gol y al número uno de nuestro equipo llorando y siendo consolado por el bando enemigo. Papá le dijo maricón y no volvió a hablar conmigo por el resto del día. Le pregunté si habría otro partido pero lo único que hizo fue guardar silencio y seguir conduciendo por unas calles que yo no nunca antes había visto en mi vida. 

domingo, 19 de febrero de 2012

LEA

SI ELLA LO HACE, ¿POR QUÉ USTED NO?






















domingo, 12 de febrero de 2012

Del día que conocí a Poe

Después de El almohadón de plumas sucedió lo que era de esperarse en un niño: todo se convirtió en  televisión y fútbol en la cancha del barrio. Aunque nunca dejaron de ser ojeados, especialmente las enciclopedias, los libros pasaron a ser nada más que la biblioteca de mi mamá; fueron varios años de amigos, intentos fallidos de novia, sudor junto a victorias y derrotas interbarriales, y clases que me llevaron de la primaria al bachillerato teniendo como única diferencia el uniforme y el rostro de mis nuevos compañeros de clase.
Afortunadamente, cuando al fin logré enamorar momentáneamente a una niña del colegio vecino al mío, encontré una librería que sería la responsable de mi primer libro. Yo salía unos minutos antes que ella, por lo tanto debía esperarla y la verdad, no soportaba esperar a mi novia rodeado de otros muchachos de mi colegio que hacían lo mismo. El primer paso fue sólo un intento por matar el tiempo, nada más; afortunadamente ese paso llevó a otro y así hasta un camino que no se ha detenido.
Entré a la librería. Quería esconderme y había encontrado el lugar perfecto. Era como el niño de La historia interminable y al igual que él, un libro apareció y me llevó, obligándome a comprarlo. Era el libro de Las narraciones extraordinarias, de Edgar Allan Poe.
Fue la primera vez que sentí ese impulso por tener un libro, porque fuera mío y pudiera leerlo cuando quisiera, así que lo compré. No pensé en mi novia y el helado que debía invitarle antes de llevarla hasta su casa, saqué el dinero que tenía y guardé la edición pirata de los cuentos completos de Monsieur Poe.
Fue con sus cuentos, sin importar la calidad de las hojas e incluso de la traducción, quienes transformaron el aburrimiento de la lectura en un habito de páginas y tinta. El gato negro, El barril del amontillado, El pozo y el péndulo, El corazón delator y La caída de la casa Usher fueron leídos en tan sólo unos días, y la librería donde conocí a Poe pasó a ser un refugio habitual en mi vida, hasta que desapareció convertida en un centro comercial de un piso. Al poco tiempo de terminar el libro mi novia me dejó. Los primeros días fueron dolorosos, como si en realidad nos hubieramos amado, pero a los poco meses la olvidé; en cambio a mi amigo Poe lo busco y lo leo cada vez que puedo, incluso lo recuerdo siempre que bebo y termino hablando de literatura.

domingo, 5 de febrero de 2012

Leer es escribir el mundo

Tal vez la mejor, o al menos la más efectiva forma de hacer que un estudiante, especialmente el estudiante mal lector, vea la lectura como un elemento propio e importante en su desarrollo como individuo, es un primer contacto con una literatura lo más cerca posible a su realidad. Digamos que en un colegio de periferia empiezas con la lectura del Gran Gatsby, de Scott Fitzgerald, que tiene personajes que son millonarios de Nueva York (y ojo, esa novela está en mi lista de libros que releeré siempre). El resultado más seguro será el de la indiferencia casi total. Esto no es porque el estudiante no quiera saber cómo vive y ama un millonario de Nueva York, lo que sucede es que existe la T.V. y allí esas historias, completamente extrañas a estos jóvenes, abundan. En cambio una novela donde los personajes son muchachos de un colegio, que insultan y hablan mal, que se burlan de la autoridad cada vez que pueden, les está diciendo al mismo tiempo que su entorno es literatura y que ellos mismos pueden contarla.
El mejor ejemplo de esto en lo nacional es sin duda Andrés Caicedo. Imagino que fue por pensar en algo parecido que en algún momento de nuestra historia reciente los profesores de colegio decidieron leer la obra de Caicedo en sus clases. Sin duda el terror de Los destinitos fatales y la Cali de tropel y noche desenfrenada de su obra hizo lectores a muchos en el colegio (mi primera edición de Calicalabozo fue, para alegría propia, robada por una alumna de sexto grado). 
Esto me recuerda la anécdota de un amigo que viajó a España con un grupo de estudiantes de una zona marginal de la ciudad. Ellos viajaron a Europa por un proyecto de periodismo que realizaron en el Café Madrid, hace un año o dos; me cuenta mi amigo que cuando estaban en el Hotel (uno mucho más lujoso que cualquiera de Bucaramanga) cuando les sirvieron la comida uno de los muchachos olió los platos y grito que no comieran nada porque el queso estaba podrido. Era un queso roquefort, de lo más caro del mundo, pero para estos niños ese queso y el caviar y cuanta comida costosa y elegante había en la mesa no eran otra cosa que sustancias viscosas y extrañas.